Ajá, ganó España. La foto en la que la selección levanta la copa, y en la que Trump casi se cuela, le ha dado la vuelta al mundo. Luego de 39 días, 104 partidos en los que se jugaron la piel 48 selecciones, hoy tenemos un campeón. Pero también un vacío.
El aperitivo
Y cuando despertó, el Mundial ya no estaba aquí
Le llaman depresión postmundial. Ese sentimiento de vacío que viene después de una Copa del Mundo. Se parece tanto al primer día de clases después de las vacaciones de verano cuando éramos niños. Es curioso. El torneo de futbol no estaba aquí hace dos meses. De hecho, aunque se realiza cada cuatro años, la última vez que sucedió en México fue en el lejano 1986.
Sin embargo, esta melancolía nos hace sentir como si hubiera estado aquí siempre.
El plato fuerte
1420 días para el próximo partido
De acuerdo con un artículo publicado por Teletrece, de Chile, existe algo parecido a la depresión postmundial. El noticiero habló con el psicólogo social del deporte Javier Piñeiro, perteneciente a la Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación de ese país, quien confirmó que resulta normal que muchas personas sintamos que “nos falta algo”, una vez que se juega ese último partido.
En primer lugar, el experto aclara que no se trata de un cuadro clínico. La depresión es un asunto mucho más complejo y requiere no solo de un diagnóstico, sino de atención profesional. Lo que sucede a quienes extrañan el Mundial es un reajuste emocional. Durante poco más de un mes, nos sumamos a una misma conversación, la del futbol, además de reunirnos para ver los juegos, vestimos la camiseta de un equipo y participamos en una quiniela.
Todo eso se resume en una palabra: dopamina. La llamada hormona de la felicidad.
Estamos acostumbrados a las recompensas. Nos procuramos shots de este adictivo neurotransmisor. Pero la omnipresencia del futbol, porque hasta en los momentos en que no se disputaba un partido, las redes sociales se encargaban de que todo se tratara de jugadores, estadísticas, goles, faltas, memes o hasta una celebración vikinga, hacían que el cerebro permaneciera sumergido en una “borrachera” de placer.
Durante estos meses cambiamos tantas veces de “nacionalidad”, de la mexicana, a la noruega, después a la inglesa y hoy se nos hincha el pecho a consecuencia de nuestra herencia española, que hoy necesitamos de esa adrenalina que lleva implícito el acto de apoyar a un equipo.
Tanto chapulineo me recuerda a la frase que se le adjudica a Groucho Marx, aunque en realidad no existen pruebas de que la haya dicho:
“Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.
Pero no hay mal que dure cien años ni cuerpo que los aguante. Una forma de lidiar con la depre postmundial, tan parecida a la tarea de Sísifo de empujar una roca enorme hasta lo alto de una montaña, es consolarnos con la idea de que este tiempo en realidad se trata de la cuenta regresiva hasta la próxima justa deportiva.
Sí, porque a partir de hoy solo faltan 1420 días para el 8 de junio de 2030, fecha en la que arrancará la próxima Copa del Mundo.
Será, además, la primera que se celebre en tantísimas sedes (Argentina, Paraguay, Uruguay, España, Portugal y Marruecos) para honrar el primer centenario desde la realización del primer Mundial de Futbol, precisamente el de Uruguay 1930.
Ya no estarán Messi, ni Ronaldo ni Vozinha. Pero veremos seguramente a Mbappé, Yamal, Kane, Haaland y Mora. Aparecerán nuevas figuras. No se montará el Fan Fest en el Zócalo, pero eso no impedirá que con cualquier pretexto nos juntemos en el Ángel de la Independencia y que, a la más mínima provocación, se viole la ley de la gravitación universal solo porque alguien “quiere volar, quiere volar”…
Tampoco olvidemos que en 2027 se llevará a cabo la Copa Mundial Femenina de la FIFA en Brasil. Del 24 de junio al 25 de julio podremos revivir la pasión, activar la economía (porque los restaurantes agradecen un Mundial), sacar la verde del cajón (la camiseta, no piensen mal, la camiseta) y, sobre todo, apoyar a las seleccionadas como lo hicimos con los seleccionados.
Ajá, ganó España. O mejor debería decir: ¡Olé!
Aprendimos muchísimo de esta Copa del Mundo. Entre otras cosas, que por millonarios que sean los costos de los estadios, ni la FIFA misma puede arrebatarle la fiesta a la gente, que la alegría no se vende empaquetada en forma de un patrocinio. También que debemos aprender a celebrar con mucha más responsabilidad para que nadie más pierda la vida por culpa de un partido de futbol.
La sobremesa
También comprobamos que la depresión postmundial no existe. No es depresión, por lo menos, sino el salir de una pausa en la rutina en la que durante poco más de un mes pudimos llegar tarde al trabajo, tomarnos dos horas de comida y beber una cerveza antes del mediodía, interrumpir una junta para hacer de la transmisión en un iPad una sucursal del VAR, pelearse con el cantante de Oasis si eres el vocalista de Maná, sacarse de la manga una genialidad de campaña para burlarte de la prohibición de la FIFA (aplausos, Burger King) y hacer de un pato domesticado un símbolo nacional.
Durante poco más de un mes, se permitió hacer todo aquello que suele estar prohibido.
Me recuerda un poco a la película La purga.
Hoy ya podemos volver a la normalidad.

