Los ‘nininis’: ni estudian, ni trabajan… ni quieren hacerlo

Con más de 5.7 millones de jóvenes confinados en la inercia, México no está administrando su futuro: está firmando el acta de defunción profesional de toda una generación. Una bancarrota silenciosa que la clase política prefiere maquillar con subsidios.

El aperitivo

A la clase política le encanta el onanismo mental  de la frasecita de moda: el “bono demográfico”. Nos recetan discursos sobre la fuerza de un México joven, el músculo de una nación que supuestamente va a comerse al mundo. Es una farsa. La verdad cruda y sin maquillaje dice que el maldito “bono demográfico” se nos pudrió en las manos. Cada vez nacen menos niños y muchos de los que ya no son tan niños se han convertido en ‘nininis’: ni estudian, ni trabajan, ni quieren hacerlo.

Ya superamos la fase de los ‘ninis’ –aquellos muchachos que todavía tenían la decencia de romperse el alma tocando puertas y repartiendo currículums–, porque no trabajan ni estudiaban, pero al menos tenían la voluntad de hacerlo. Hoy la tragedia escaló a un nivel mucho más  alarmante: los “nininis”.

El plato fuerte

No es una ocurrencia. Los números de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), integrada por 38 países, sitúan a México con tasas de jóvenes fuera del sistema educativo y laboral que rozan el 19%, muy por encima del promedio de las economías desarrolladas. Pero el dato más lapidario de este colapso se esconde en la brecha de género: mientras cerca de 3 de cada 10 mujeres jóvenes en el país se encuentran en esta condición, entre los hombres la proporción es de apenas 1 de cada 10. Cargas invisibles para el Estado –como el trabajo doméstico y los cuidados no remunerados– las anulan desde la adolescencia, una cifra que se dispara con especial crudeza en las zonas rurales. Ese 19% representa aproximadamente 5.7 millones de jóvenes entre 15 y 29 años.

El esfuerzo académico no tiene sentido para muchos. Los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI exponen un mercado laboral donde la precariedad se traga a los profesionistas: con una informalidad que ronda el 54% al 56% y cerca del 38% de la población ocupada en malas condiciones, muchos egresados universitarios termina aceptando empleos operativos o informales, donde los ingresos apenas rozan un salario mínimo.

A los jóvenes les vendimos la gran mentira de la meritocracia. Les dijimos que con esfuerzo y disciplina iban a salir adelante. Y la realidad les dio un derechazo en el hocico: les ofreció empleos sin prestaciones, rentas impagables y un sistema en el que el mérito es una burla frente al influyentismo.

Y el Estado decidió repartir dinero (9,582 pesos durante 12 meses con la beca Jóvenes Construyendo el Futuro) en lugar de arreglar los problemas de fondo: tener empleados formales implica una cadena interminable de trámites, tasas, impuestos y casi extorsiones por parte de funcionarios hacia los empresarios, grandes o chiquitos.

La sobremesa

¿El resultado? Los ‘nininis’ decidieron bajarse del tren. Algunos se refugian en la informalidad de la supervivencia; otros, en la parálisis absoluta de la apatía y el letargo digital. Han renunciado al futuro porque este país les demostró que el futuro es un lujo reservado para la minoría.

Seguimos presumiendo una juventud que estamos masacrando a fuego lento con promesas vacías y limosnas asistencialistas que solo sirven para comprar votos, no para construir destinos. Un país que condena a sus hijos a la inercia total no se está modernizando: está firmando su propia acta de defunción.

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Gabriel Bauducco (@gabrielbauducco)

Es un periodista que hizo carrera entre redacciones, sets de TV y libros de no ficción. Ha dirigido varias revistas. Hoy combina su faceta de entrevistador con la de editor, moviéndose entre medios, aulas y foros de discusión sobre política y comunicación.

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