Además del abuso mismo, del vía crucis que representa la...
El insulto más placentero del mundo
María Félix tenía razón. No existe nada más placentero que llamar a un tipo arrogante, prepotente y déspota por la palabra que mejor lo define. ¿Y cuál es esa? Tienes que leer el artículo.
El aperitivo
Corría el año de 1991 cuando la actriz del cine de oro mexicano, María Félix, acudió imponente y poderosa al programa de Verónica Castro, La Movida, con todo y los muebles y pinturas de su casa: “No hay nada más sabroso que decirle ‘pendejo’ a un ‘pendejo’”, porque, según ella, no es lo mismo ser solamente “tonto” o inclusive “imbécil”, que “pendejo” (ese día dio cátedra sobre el asunto). Se me quedó grabado.
La diva del cine nacional aducía que estos especímenes solían ser hombres y que se sentían más importantes, inteligentes o simpáticos de lo que realmente eran. Esa era la diferencia con un tonto: “ese es inocente, quizás ingenuo”, decía, “pero al pendejo es otra cosa, se nota enseguida”.
Y sí.
El plato fuerte
Sucede que en un evento tuve un problema con uno de los referidos por la Doña. En un evento. Palabras más, palabras menos, se dedicó a gritarme en la cara a mí y a otros asistentes a un convivio durante 30 minutos seguidos, con el fin de imponer su punto de vista sobre si un inmueble era una porquería, y que si pensábamos lo contrario, era por nacos y faltos de mundo.
Lo curioso es que el fulano en cuestión no conocía sobre el tema o sus protagonistas, según me di cuenta durante su agresivo monólogo hablando sobre los demás, alzando la voz constantemente y haciendo comentarios peyorativos hacia la demás gente. Así que le di tres avisos como en la tauromaquia, en cierto tono jocoso.
No me volteó ni a ver.
Así que, además de ignorante, desdeñoso, estridente, grosero y prepotente, era machín. Entonces, la María Félix que vive en casi todas las mujeres mexicanas, —queramos o no— decidió que era momento de hacerle saber al pendejo que lo era. Al cambiarnos de la mesa de coctel a la de la cena, elegí un lugar en la esquina, lejos de él y le comenté a mi acompañante: “No quiero sentarme cerca de pendejos”.
Lo dije con el mismo tono jocoso con el que había dado los tres avisos previos, pero en voz alta, solo que esta vez el fulano reaccionó con mayor violencia que la mostrada en su peyorativo discurso anterior. Esta vez comenzó a gritarme como desquiciado, empezando con la frase: “¿Y qué pasaría si fuera al revés y yo te digo pendeja a ti?”.
Quiso comparar el privilegio masculino con la violencia de género, que son dos conceptos incompatibles (los hombres no necesitan ayuda, la equidad de género es hacia las mujeres, no al revés). Si bien yo no debí insultar a nadie, fuese hombre, mujer o quimera –aunque yo decidiera que lo merecía– no le devolví la retórica. (“¿Y qué pasaría si yo fuera un señor de 1.80 que te dice lo mismo, ¿te pondrías así de violento?”).
Simplemente le ofrecí disculpas, porque dentro de su diatriba consideré que tenía un punto: no tenía por qué insultarlo. Fueron escuetas, pero mirándolo a los ojos y con convicción: “Tienes razón, no debí decirte eso. Te ofrezco una disculpa”. Cabe decir que para este punto, ya estaban los demás convidados, meseros, hostesses y hasta el músico que amenizaría la noche, instalados en la mesa.
Pero como suele suceder en las culturas latinoamericanas cuando ofreces disculpas, la gente no solo no las acepta, sino que las toma como un boleto a la ignominia, el deseo de humillación y el abuso verbal. Siguió gritándome ahora con más fuerza, incluso me llamó “verdulera” y me acusó de “mentarle la madre”. Todo ello acompañado de señalamientos con el dedo índice, sacudiéndose como una salamandra y escupiendo burbujas de espuma sobre los servicios ajenos.
Solo lo interrumpí para decirle que ni le menté nada, que ya me había disculpado, que dejara de hablarme así y que con esa actitud solo estaba demostrando que sí era lo que le dije. Se encendió más, por supuesto. Luego me reí, no sé si de nervios o de la vergüenza propia y ajena que me causaba la situación.
Ustedes dirán: ¿pero por qué te expones así?, y la respuesta es simple: No me gusta pasar por alto abusos, groserías y desprecios, y peor aún, si estos son hombres patanes y prepotentes.
En mi mente, yo debía poner un límite radical y contundente a manera de “castigo” por atreverse a gritarme y despreciarme con sus comentarios clasistas, discriminadores y vulgares. Además, desinformados sobre un tema que desconocía completamente.
Su idea de “debatir” algo que desconocía era imponerse con gritos (comentarios clasistas, discriminadores y vulgares) y solo demostró que los “mirreyes” de la escena social mexicana son cada vez más decadentes y machistas (en mis tiempos de columnista y editora social eran la excepción, no la regla), y que estos mensajes se perpetúan online porque ahora son influencers, “podcasteros” y similares. Ya no les basta con pulular en su ecosistema, ahora están en todas partes.
El incidente culminó cuando uno de los presentes se paró valientemente a calmarlo: le dijo que ya se estuviera en paz y lo sentó tomándole los hombros. El sujeto obedeció al caballero y se conformó, no sin antes espetar un último aspaviento aventando un cubierto.
Al término del evento, amén de la incomodidad y de mi estoicismo para sobrellevar la lluvia de violencia que me propinó, me disculpé uno por uno con los demás comensales “por el numerito que provoqué”, incluida la anfitriona, quien, por cierto, prefirió acercarse a él para confortarlo. Otro convidado tuvo la generosidad de escoltarme a la salida, para evitar la posibilidad de toparme a solas con el tipito.
La sobremesa
En la noche, antes de dormir, cavilaba que mi imagen pública, mi marca personal y mi reputación social valen más que poner “en su sitio” a un “mirrey” violento; pero también me ocupaba la mente si las mujeres debemos siempre mantener la calma “sin rebajarnos” a un machismo más, a un mansplaining más, a un grito más, a un desdén más, a una patanería más… a una microviolencia más, y anteponer nuestra seguridad y paz mental que tratar de educar tontos… No: ¡pendejos!
Por último pensé sobre el uso descriptivo que le di a esta palabra: no solo el sustantivo es superlativo en esencia, sino que requiere de una expresión mucho más intensa en lo verbal. En verdad, hubo una enorme satisfacción al decirlo y, más aún, en saber que mi descripción del sujeto era precisa y se confirmó a juzgar por su reacción.
Sí, estuvo mal, pero también sí: la Doña tenía razón.
Gabriella Morales-Casas (@elprincipadogaby)
Es periodista desde 1993 y se desempeña como comentarista de televisión y radio, además de ser creadora de contenido en @elprincipadogaby. Como consultora de comunicación y relaciones públicas, ha trabajado en dobleuEse Atelier desde 2020, donde actualmente es directora de Foreign Affairs.
Gabriella Morales-Casas (@elprincipadogaby)
Es periodista desde 1993 y se desempeña como comentarista de televisión y radio, además de ser creadora de contenido en @elprincipadogaby. Como consultora de comunicación y relaciones públicas, ha trabajado en dobleuEse Atelier desde 2020, donde actualmente es directora de Foreign Affairs.
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