Queremos hombres más presentes, padres más involucrados y hogares más equitativos. Pero la ley laboral mexicana todavía trata la paternidad como si fuera una visita de cortesía. Cuidar también es igualdad.
El aperitivo
Cinco días para que la vida se transforme.
Cuando nace un bebé, también nace una conversación incómoda: ¿quién cuida?
En México, la respuesta legal sigue siendo profundamente desigual. La Ley Federal del Trabajo reconoce a las madres trabajadoras un descanso de seis semanas antes y seis semanas después del parto. A los padres trabajadores, en cambio, les otorga cinco días laborables con goce de sueldo por nacimiento o adopción.
Cinco días.
Una semana laboral para convertirse en papá, acompañar a la madre, aprender a sostener a un recién nacido, hacer trámites, dormir poco, entender la nueva dinámica familiar y regresar a la oficina como si nada hubiera pasado.
Aclaremos algo desde el principio: la licencia de maternidad no está en discusión. El cuerpo de una mujer atraviesa embarazo, parto, recuperación, lactancia y cambios físicos y emocionales profundos. Eso requiere tiempo, protección y derechos.
El punto es otro.
El bebé también tiene padre.
Y si durante años las mujeres hemos exigido igualdad en los centros de trabajo, quizá también toca preguntarnos por qué seguimos aceptando una ley que deja a los hombres prácticamente fuera del cuidado inicial de sus hijos.
El plato fuerte
Los padres no “ayudan”, los hombres cuidan.
Hablar de paternidad no significa ignorar la discriminación que enfrentan las mujeres.
Al contrario.
En México, ser mujer todavía pesa en la vida laboral. IMCO ha señalado que ser mujer sigue siendo un factor para ganar menos y que la maternidad acentúa la brecha salarial: cuando una mujer tiene una hija o hijo, esa grieta frente a hombres en la misma situación puede crecer de 19% a 36%.
Además, el cuidado sigue recargado sobre ellas. De acuerdo con la ENUT 2024 del INEGI, las mujeres dedicaron 66.8% de su tiempo total de trabajo a actividades no remuneradas; los hombres, 33.2%. También destinaron, en promedio, 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, frente a 18.2 horas de los hombres.
Ahí está la trampa.
Mientras el cuidado siga siendo visto como una responsabilidad principalmente femenina, la maternidad seguirá castigando carreras, salarios y oportunidades. Y mientras la ley le diga al padre que cinco días son suficientes, la cultura corporativa seguirá entendiendo que su presencia en casa es opcional.
No se trata de quitarle derechos a las madres.
Se trata de ampliar derechos para los padres.
Porque una licencia de paternidad más amplia no es un “premio” para los hombres. Es una herramienta de igualdad para las mujeres, para las familias y para las empresas.
También es una forma de mandar un mensaje distinto: el padre no está ayudando. Está criando.
Y criar toma tiempo.
Cinco días no alcanzan para construir corresponsabilidad. Alcanzan, con suerte, para salir del hospital, registrar al bebé, recibir visitas, contestar mensajes de felicitación y aprender a cambiar pañales entre juntas pendientes.
Después, el sistema le dice al hombre: “vuelve al trabajo”.
Y a la mujer: “tú puedes con todo”.
Ese es el problema.
La desigualdad no siempre aparece como una puerta cerrada. A veces surge como una licencia laboral demasiado corta.
La sobremesa
Porque si queremos mujeres menos penalizadas por ser madres, necesitamos hombres con permiso real para ser padres.
La conversación no debería ser si ellos “merecen” más días.
La pregunta correcta es qué tipo de familia, empresa y sociedad estamos construyendo cuando un recién nacido recibe semanas con mamá, pero solo cinco días con papá.
La maternidad necesita protección. La paternidad necesita presencia.
Y la igualdad necesita que ambos estén en la misma conversación.
Porque cuidar no es ayudar. Cuidar también es trabajar.
Y, sobre todo, cuidar también es ser papá.