El aperitivo
Alfred Hitchcock decía que el cine son cuatrocientas butacas que llenar. Hoy en día, el promedio de asientos en una sala comercial es de entre 80 y 120.
¿Qué tienen en común el Cine Ópera, el Palacio Chino y el Cine Plaza? Además de que solían proyectar películas, hoy los tres se encuentran cerrados. El último ya fue derrumbado, pero antes de convertirse en escombros, funcionaba como venue musical. El Cine Ópera, cuando aún no despedía ese aroma a abandono, sirvió como locación de un comercial de Mercedes-Benz en 2015.
La CDMX está llena de cines en ruinas. Así como la leyenda del Palacio Chino permanece en la memoria de quienes disfrutaron del séptimo arte previo a la irrupción de los grandes complejos, los más jóvenes tampoco pudieron ver una película en la gran pantalla de recintos como el Cosmos, el Orfeón o el Metropólitan. Algunos se transformaron en centros comerciales, foros culturales o escenarios para conciertos.
Hace mucho que el cine —no el arte, sino el inmueble para ver una película— dejó de representar un negocio. Esto ocurre a pesar de que, históricamente, al exhibidor se destina 50% de la taquilla.
Aquello que solía decirse: “el cine se ve mejor en el cine”, ya no opera para todos.
El plato fuerte
- Lo que el viento se llevó (1939) – 3 horas y 58 minutos
- Érase una vez en América (1984) – 3 horas y 49 minutos
- El padrino: parte II (1974) – 3 horas y 22 minutos
- El señor de los anillos: el retorno del rey (2003) – 4 horas y 23 minutos (versión extendida)
- Titanic (1997) – 3 horas y 14 minutos
Ahora solo quedan quienes se dignan a ver películas de moda en redes sociales, como la secuela de El diablo viste a la moda 2 o La Odisea, aunque se lo piensen dos veces si el filme se extiende por más de tres horas. Resulta mucho más cómodo pausarla en la sala de la casa, donde pueden “scrollear” la pantalla de su teléfono cada tantos minutos.
Aquello que Parménides García Saldaña consignó en su libro El Rey Criollo respecto a los disturbios que armaron los jóvenes en 1959 durante la exhibición de King Creole, la película protagonizada por Elvis Presley, en el cine Las Américas, parece extraído de un cuento de ciencia ficción. Paradójicamente, el reto en la actualidad no radica en evitar un portazo en el cine, sino en convencer a las personas de que asistan.
Las nuevas generaciones han querido llevar más lejos la experiencia de ver una película. Desde 2024, en Austin existe el Hyperreal Film Club, una sala de exhibición para 60 personas que, además de la película, ofrece actividades temáticas para aderezar la diversión: por ejemplo, organizar una noche de bromas antes de ver Jackass o una partida de blackjack previo a la proyección de Ocean’s Eleven.
Los grandes consorcios también buscan la forma de exprimir la pasión de los fandoms. No olvidemos que la venta de alimentos y bebidas representa hasta el 60% de los ingresos de complejos como Cinemex o Cinépolis. La producción limitada de vasos coleccionables, palomeras y juguetes alusivos genera un comercio en plataformas de reventa donde una palomera de 450 pesos puede valuarse hasta en 1,500 pesos.
El plato fuerte
La primera película que se proyectó con fines comerciales en la historia fue La salida de los obreros de la fábrica Lumière, en 1895. Desde entonces, hemos atestiguado el nacimiento del cine sonoro, a color, en 3D y en IMAX. También los autocinemas, los cine clubes estudiantiles, las películas musicalizadas en vivo y los maratones nocturnos.
Pero los números parecen decirnos que cada vez hay menos personas a quienes les llame la atención disfrutar de una película en una sala junto a decenas de desconocidos.
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Si Hitchcock viviera, quizá diría que el cine actual es el reto de sacar a un ser humano de su casa para convencerlo de ir ver una película.
Es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.
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