
En las entrevistas de trabajo, todos actuamos
El candidato jura ser “demasiado perfeccionista”. La empresa promete “un ambiente como de familia”. Los dos saben que es teatro. La pregunta es: ¿qué tan caro sale ese teatro cuando el telón cae?
El aperitivo
—¿Cuál es tu mayor defecto?
—Soy demasiado perfeccionista.
Los dos en la sala saben que esa respuesta se ensayó frente al espejo.
El candidato dice que domina inglés avanzado, que lideró un proyecto que en realidad solo acompañó, y que su salida del trabajo anterior fue “por buscar nuevos retos” y no porque las cosas terminaron mal.
Del otro lado de la mesa, el reclutador describe la posición como “estratégica” cuando es puramente operativa, promete “oportunidades reales de crecimiento” que no existen en el organigrama y asegura que el esquema es híbrido, aunque la política real es “todos en la oficina a partir del segundo mes”.
Nadie está firmando un documento legal. Todos están, simplemente, actuando.
El plato fuerte
Y actúan más de lo que cualquiera admitiría en voz alta.
Un estudio de Equipos&Talento encontró que el 85% de los reclutadores ha detectado mentiras en los CV que reciben, veinte puntos porcentuales más que hace cinco años. Las áreas favoritas para exagerar son casi un ranking: habilidades (62%), responsabilidades del puesto anterior (54%), duración de empleos pasados (39%), el cargo exacto que se ocupó (31%) y hasta los títulos académicos (28%).
Pero la mentira no corre en un solo sentido.
Una encuesta de Resume Builder entre gerentes de contratación en Estados Unidos encontró que 36% admite haber mentido a candidatos durante el proceso de selección, y 75% de esos lo hace directamente en la entrevista. Más de la mitad (52%) reconoce falsear la descripción del puesto, y uno de cada cinco (20%) exagera específicamente sobre la posibilidad de trabajar desde casa. Lo más revelador: 92% de esos gerentes refiere que el candidato engañado terminó aceptando la oferta de cualquier forma. Y 55% de esas personas renunció después, ya con la verdad enfrente.
Es decir: casi nadie pierde el trabajo por mentir en la entrevista. Lo que se pierde es lo que viene después.
Aquí conviene ser precisa, porque las dos mentiras no pesan igual frente a la ley. La Ley Federal del Trabajo sí contempla la falsedad del candidato: el artículo 47 permite rescindir la relación laboral sin responsabilidad para el patrón cuando el trabajador engañó con certificados falsos o se atribuyó capacidades que no tiene. Sin embargo, esa causal tiene fecha de caducidad: solo aplica dentro de los primeros treinta días de la relación laboral. Después de eso, aunque el infundio original siga ahí, la empresa se queda con el problema que ella misma no verificó a tiempo.
Del lado de la compañía que exagera el puesto, la cultura o las condiciones de trabajo, no existe un artículo equivalente. No hay rescisión posible para quien fue contratado bajo promesas que nunca se cumplieron. Su único recurso real es exactamente el que muestran los datos: irse. Y ahí el costo no es legal, es operativo: reclutamiento, capacitación y productividad perdida, otra vez, apenas unos meses después de haber “ganado” el proceso de selección.
La ironía es que ambos embustes nacen de la misma inseguridad: el miedo a no ser suficiente sin adornos. El candidato teme que la verdad no alcance para competir. La empresa teme que la realidad del puesto no alcance para atraer al talento que quiere.
Los dos apuestan a que, una vez adentro, la otra parte se acostumbrará a lo real.
A veces funciona. La mayoría de las veces, solo se posterga la conversación incómoda que debió suceder antes de firmar.
La sobremesa
Una idea generalizada respecto a la comedia es que las personas que la practican son muy chistosas. Craso error. La mayoría de los comediantes son todo menos hilarantes en su vida cotidiana. Algunos de ellos, como Woody Allen, Ellen DeGeneres, Robin Williams (QEPD) o —hablando de México— Carlos Ballarta, son reservados, tímidos, incluso atormentados. Otros, como Malena Pichot, en realidad tocan en sus rutinas temas muy serios, como el aborto, de maneras tan originales que ahí generan la risa.
Los comediantes son en realidad plumas sobresalientes, capaces de plantear situaciones que provocan risa a partir de puntos de vista sumamente oscuros. Hackean cerebros, pues.
Tal vez por eso hay gente poderosa que le tiene miedo a los que hacen reír. Donald Trump ha protagonizado una serie de peleas con muchísimos comediantes, entre los que se encuentran Jimmy Fallon, Sacha Baron Cohen, Jimmy Kimmel y Rosie O’Donnell.
En México, no pinta tan distinto. La famosa iniciativa para proteger a las audiencias podría servir para silenciar, además de a periodistas, a comediantes críticos del sistema.
Edgar Allan Poe escribió un cuento titulado Hop-Frog, acerca de un enano bufón que, simulando una broma, consigue vengarse sanguinariamente del rey tirano que lo esclavizó.
Tal vez no es casualidad que en esta Latinoamérica tan azotada por los excesos del poder, nos guste tanto la comedia.
Christina Martínez (@chris.tuabogada)
Especialista en Derecho Corporativo, Laboral y Migratorio. Asesora a empresas nacionales e internacionales en estrategias corporativas, laborales, migratorias, cumplimiento normativo y transformación organizacional. Amante de las series de streaming y orgullosa mamá de 18 perrhijos, convencida de que después de tantas entrevistas y contratos revisados, se puede detectar un “ambiente como de familia” falso a kilómetros de distancia.
Christina Martínez (@chris.tuabogada)
Especialista en Derecho Corporativo, Laboral y Migratorio. Asesora a empresas nacionales e internacionales en estrategias corporativas, laborales, migratorias, cumplimiento normativo y transformación organizacional. Amante de las series de streaming y orgullosa mamá de 18 perrhijos, convencida de que después de tantas entrevistas y contratos revisados, se puede detectar un “ambiente como de familia” falso a kilómetros de distancia.
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