La llegada de la película basada en el videojuego me hizo pensar que en el fondo ni nos aislaba, como...
Street Fighter: rage against the “Maquinita”
La llegada de la película basada en el videojuego me hizo pensar que en el fondo ni nos aislaba, como pensaba mi mamá, ni tampoco era tan violento.
El aperitivo
Nunca en mi vida he peleado con los puños. Ocasiones no me han faltado. Pero siempre me las arreglé para escabullirme sin la necesidad de propinar (lo cual hubiera sido poco probable) o recibir (lo que seguramente habría pasado) un derechazo en la nariz.
Aunque “rifarse un tiro” venía escrito en el manual de la infancia, en mi caso conseguí saltarme la página.
Por eso, no pude estar de acuerdo con Claudia Sheinbaum cuando dijo que los videojuegos promueven la violencia. Propuso imponer un gravamen del 8% a los que tuvieran clasificaciones para adultos (C y D), aunque más tarde ella misma se echó para atrás.
Eso sí, en este mes la presidenta puso su firma en un decreto en el Diario Oficial de la Federación para regular las plataformas digitales, incluyendo los servicios de videojuegos en línea. En resumen, empresas tecnológicas y de videojuegos, como Microsoft/Xbox, Sony/PlayStation y Nintendo, deberán reforzar la verificación de edad y habilitar sistemas de privacidad avanzados para menores de edad.
También obliga a las plataformas a habilitar enlaces directos con la Guardia Nacional y la Secretaría de Seguridad para retirar publicaciones, chats o cuentas que promuevan la violencia escolar, el ciberacoso, el reclutamiento ilícito o los discursos de odio.
No suena mal. Pero como todo en internet, es muy complicado regularlo y, ya no digamos, ejecutar esas reglas.
El plato fuerte
Pero decía yo que nunca en mi vida acabé escupiendo un diente, con la camisa del uniforme rota y un ojo morado.
Lo que sí hice fue robarme los cambios. Me apuntaba para hacer todos los mandados que hicieran falta. Porque antes de la irrupción de Uber Eats y Rappi, los chavitos éramos quienes volábamos por un kilo de tortilla, media docena de huevos o un manojo de cilantro. Con la delectación de Gollum, atesoré cada moneda que sobraba —y que mi mamá hacía como que no se daba cuenta, aunque se daba— y le susurraba, cerca del escudo nacional: “my precious, my precious”.
Bueno, faltaba mucho para que llegara El señor de los anillos. En realidad solo me la guardaba en el bolsillo y me lanzaba a la papelería en la que el propietario había instalado aquellas arcades a las que mi generación conocía como “maquinitas”.
Alrededor de aquellas pantallas se reunía la pandilla de la colonia. La vida se nos iba en retas de Street Fighter II: The World Warrior. Un videojuego de peleas en las que podías elegir entre un abanico de personajes de diferentes nacionalidades que poseían, cada uno, poderes, ventajas y también debilidades particulares.
Uno de sus mayores atractivos eran los “combos”. Si sabías aplicar la secuencia correcta de botones y palancas de la maquinita, tu personaje podía dar golpes y patadas particulares que infligen daño en el oponente.
Muchos escogían pelear con Ryu y Ken, el japonés y norteamericano, respectivamente, protagonistas de la historia. Había quienes se decantaban por Dhalsim, el maestro de yoga indio; Blanka, el aterrador mutante brasileño o el luchador ruso Zangief. La mayoría de las niñas —aunque eran pocas, según recuerdo— elegían a Chun-Li, una agente de la Interpol capaz de tirar patadas en forma de ciclón y el primer personaje femenino en aparecer en un juego de esta naturaleza. Desde entonces era evidente la inequidad de género.
Existían niveles entre quienes jugaban maquinitas. Había los que solo iban a mirar, ya fuera porque no tenían dinero o perdían a la primera. Pero es que contemplar una batalla entre expertos era una delicia. No faltaban quienes conocían los combos de todos los personajes y se daban el lujo de elegir aleatoriamente entre ellos. En ocasiones se corrían apuestas, cosa que obligó a los dueños de los establecimientos a colocar letreros que prohibían esta práctica, así como otros en los que amenazaban con multar a quienes maltrataran las maquinitas.
Porque no era raro que al fragor de la batalla y rebasados por la pasión, los peleadores sacudieran el artefacto con tanta fuerza que la averiaban.
Pocas cosas resultaban tan tristes como llegar a la tienda y descubrir que la maquinita estaba descompuesta. “No sirve”, decía el anuncio que le colocaban. Y uno no podía sino darse la vuelta, convencido de que el dinero no sirve para nada cuando no puedes comprar lo que te gusta.
Pero lo que más añoro es que mi primer networking se dio en medio de aquellas sesiones de violencia lúdica y electrónica. Hice muchos amigos en las maquinitas. Tal vez los videojuegos no me aislaban como decía mi mamá ni promueven tanto la violencia, como piensa la presidenta.
La sobremesa
El pasado viernes 16 de octubre se estrenó Street Fighter en el cine. Existe una gran expectativa porque se trata de una película ambientada en los 90, en la que los efectos especiales están enfocados —según se dice— en reproducir los combos de pelea que a los fans nos son tan familiares.
Fueron relativamente pocos, entre los niños que prefieren Fortnite y Minecraft, los que se volcaron al cine. Pero aquellos que sabemos lo que es una “vida”, que conocimos el valor de una “ficha” y nos jugamos la existencia en una “reta”, estuvimos y estaremos ahí.
También porque el casting es espectacular. Gran parte de los 120 millones de dólares que costó la película se fue en la contratación de figuras como Andrew Koji (Ryu), Noah Centineo (Ken Masters), Callina Liang (Chun-Li), David Dastmalchian (M. Bison), Jason Momoa (Blanka), Cody Rhodes (Guile), Roman Reigns (Akuma) y 50 Cent (Balrog).
Nunca en mi vida he peleado a puñetazos. Pero varias veces me reuní junto a otros niños de mi generación a dirigir a dos avatares para que lo hicieran.
Arturo J. Flores (@arturoeleditor)
Es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.
Arturo J. Flores (@arturoeleditor)
Es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.
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